He traducido este cuento de la Dra Rachel Naomí Remen para una amiga, con quien estábamos conversando acerca de actitudes diversas como profesionales. Y al traducirlo me acordé de aquellas veces, en la respiración, en que uno intenta con fuerza sumergirse en la experiencia, la busca casi con desesperación, ante la frustración de las resistencias. Y también de cómo el cambio sucede cuando uno atraviesa lo que le toca vivir. Y en ese sentido encuentro que este cuento también les puede interesar.
"La gente que es médico ha sido entrenada para creer que la objetividad científica es lo que los hace más eficaces en sus esfuerzos para entender y resolver el dolor que otros les traen, junto a una cierta distancia mental que los protege de ser heridos por este trabajo difícil. Es un entrenamiento extremadamente demandante. Sin embargo, la objetividad nos hace mucho más vulnerables emocionalmente que la compasión o la simple humanidad. La objetividad nos separa de la vida, a nuestro alrededor y dentro nuestro. Igual somos heridos por esa vida; es solamente la sanación la que no nos llega. Los médicos pagan un precio personal terrible por su objetividad tan duramente obtenida. La objetividad no es holística. En la instancia objetiva nadie puede crecer sobre sus propias fuerzas, nadie puede llorar o aceptar ser confortado o encontrar sentido o rezar. Nadie que permanezca intocable puede tampoco entender de verdad la vida a su alrededor. Sir William Osler, uno de los padres de la medicina moderna, es muy citado por haber dicho que la objetividad es la cualidad escencial de un verdadero médico. Lo que dijo es, en realidad, diferente y mucho más profundo que eso. Su dicho original fué en latín, y se trata de aequanimitas , que se traduce usualmente como "objetividad". Pero aequanimitas significa "calma de la mente" o "paz interior". Ciertamente, la paz interior es el recurso útlimo para aquellos que trabajan diariamente con el sufrimiento. Pero esto no es algo que se logra distanciándose del sufrimiento a nuestro alrededor. La paz interior es más una cuestión de cultivar la perspectiva, significado y sabiduría aún si la vida te toca con su dolor. Se trata más de una cualidad espiritual que mental. Años atrás Joseph Campbell ofreció un seminario para médicos acerca de la experiencia de lo sagrado. En un cierto momento, durante su presentación, nos mostró una diapositiva de imágenes sagradas: pinturas, estatuas, cerámicas, tapices, y vidrio de diferentes lugares y tiempos. Recuerdo una de ellas muy vívidamente. Era un ejemplo particularmente delicado de Shiva Nata Raja, una "Shiva Danzante" del Museo Leiden de Zurich. Shiva es el nombre hindú para el aspecto masculino de Dios. En la India estas estatuillas de bronce son comunes, pero pocos de nosotros habíamos visto esta imagen antes. Shiva, el dios, danza en un aro de llamas de bronce. Las manos de sus muchos brazos sostienen símbolos de la abundancia de la vida espiritual. Mientras baila, uno de sus pies está elevado, y el otro apoyado en la espalda desnuda de un hombre pequeño agachado hacia abajo en el polvo, prestando toda su atención a la hoja de una planta que sostiene entre sus manos. Los médicos son observadores entrenados. A pesar de la gran belleza del dios danzante, todos nosotros nos interesamos en el hombrecillo y su hoja y preguntamos a Campbell acerca de él. Campbell se rió. Todavía riéndose, nos dijo que el hombrecito es una persona tan atrapada en el estudio del mundo material que ni siquiera sabe que el Dios viviente está danzando en su espalda. Hay un poco de este hombrecito en todos nosotros y, por cierto, en la mayoría de los médicos. Repensando la escena, me pregunto en qué estaría pensando Campbell. La vida es el maestro último, pero es usualmente a través de la experiencia y no de la investigación científica, que descubrimos sus lecciones más profundas. Un cierto porcentaje de aquellos que han sobrevivido experiencias cercanas a la muerte hablan de una visión que les permitió un atisbo de la lección básica planeada por la vida. Nosotros estamos aquí por un propósito singular: crecer en sabiduría y aprender a amar mejor. Podemos hacer esto perdiendo o ganando, teniendo o no teniendo, teniendo éxito o fallando. Todo lo que debemos hacer es presentarnos a clase con el corazón abierto. Así que llenar el propósito de la vida puede depender más de cómo juguemos que de aquello que nos toque. Jack Kornfield, el maestro budista, describe una verdad espiritual que aprendió en un juego de bingo al que concurrió con sus padres en Florida. Allí, en grandes letras, había un recordatorio colgando de la pared, destinado a los jugadores: PARA GANAR HAY QUE ESTAR PRESENTE".
Dra. Rachel Naomí Remen
Traducción Dr. Eduardo Szwarcer

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